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La practica de la presencia de Dios-1ra Parte

by Santiago Viñez Muñoz

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Un libro fascinante simple que fue compilado de las conversaciones del Hermano Lorenzo, en las cuales enfatizaba sobre la practica constante de la presencia de Dios. Él dice que la más alta perfección a la que un alma puede aspirar es a la completa dependencia total de la Gracia Divina. ¡Disfrútalo!

Transcripción

La práctica de la presencia de Dios.

Hermano Lorenzo.

Prefacio.

Hace más de 300 años,

Un hombre en un monasterio de Francia descubrió el secreto para vivir una vida llena de gozo.

A la edad de 18 años,

Nicolás Hermann vislumbró el poder y la providencia de Dios por medio de una simple lección que recibió de la naturaleza.

Pasó los siguientes 18 años en el ejército y en el servicio público.

Finalmente,

Experimentando la turbación del espíritu que con frecuencia se produce en la mediana edad,

Entró en un monasterio,

Donde llegó a ser el cocinero y el fabricante de sandalias para su comunidad.

Pero lo más importante,

Comenzó allí un viaje de 30 años que le llevó a descubrir una manera simple de vivir gozosamente.

En tiempos tan difíciles como los actuales,

Nicolás Hermann,

Conocido como el Hermano Lorenzo,

Descubrió y puso en práctica una manera pura y simple de andar continuamente en la presencia de Dios.

El Hermano Lorenzo era un hombre gentil y de espíritu alegre.

Rehuía ser el centro de atención,

Sabiendo que los entretenimientos externos estropean todo.

Recién después de su muerte,

Fueron recopiladas unas pocas de sus cartas.

Fray José de Beaufort,

Representante del arzobispado local,

Adjuntó estas cartas con los recuerdos que tenía de cuatro conversaciones que sostuvo con el Hermano Lorenzo y publicó un pequeño libro titulado La práctica de la presencia de Dios.

En este libro,

El Hermano Lorenzo explica,

Simple y bellamente,

Cómo caminar continuamente con Dios,

Con una actitud que no nace de la cabeza,

Sino que nace del corazón.

El Hermano Lorenzo nos legó una manera de vivir que está a disposición de todos los que buscan conocer la paz y la presencia de Dios,

De modo que cualquiera,

Independientemente de su edad o las circunstancias por las que atraviesa,

Pueda practicarla en cualquier lugar y en cualquier momento.

Una de las cosas hermosas con respecto a la práctica de la presencia de Dios es que se trata de un método completo.

En cuatro conversaciones y 15 cartas,

Muchas de las cuales fueron escritas a una monja amiga del Hermano Lorenzo,

Encontramos una manera directa de vivir en la presencia de Dios que hoy,

300 años después,

Sigue siendo práctica.

Primera conversación.

Vi al Hermano Lorenzo por primera vez el 3 de agosto de 1666.

Me dijo que Dios le había hecho un favor singular cuando se convirtió a la edad de 18 años.

Durante el invierno,

Viendo un árbol despojado de su follaje y considerando que dentro de poco tiempo volverían a brotar sus hojas y después las flores y los frutos,

El Hermano Lorenzo recibió una visión de la providencia y el poder de Dios que nunca se borró de su alma.

Esta visión lo liberó totalmente del mundo y encendió en él un gran amor a Dios.

Tan grande fue ese amor que no podía afirmar que hubiera aumentado en los 40 años transcurridos desde entonces.

El Hermano Lorenzo,

Que había servido a Fibert,

El tesorero,

Con tanta torpeza que todo lo rompía.

Él deseaba ser recibido en un monasterio,

Pensando que allí podría cambiar su torpeza y las faltas que había cometido por una vida más despierta.

Allí ofrecería la vida y sus placeres como sacrificio a Dios.

Pero Dios le había desilusionado,

Porque lo único que había encontrado en ese estado era satisfacción.

Deberíamos afirmar nuestra vida en la realidad de la presencia de Dios,

Decía continuamente él.

Sería algo vergonzoso dejar de conversar con él para pensar en insignificancias y tonterías.

Deberíamos alimentar y nutrir nuestra alma,

Llenándola con pensamientos enaltecidos acerca de Dios,

Y eso nos colmará del gran gozo de estar dedicados a él.

Debemos acrecentar y dar vida a nuestra fe.

Es lamentable que tengamos tan poca fe.

En lugar de permitir que la fe gobierne su conducta,

Los hombres se entretienen con devociones triviales,

Que van cambiando diariamente.

El hermano Lorenzo decía que el camino de la fe es el espíritu de la iglesia,

Y que es suficiente para llevarnos a un alto grado de perfección.

El hermano decía que deberíamos entregarnos a Dios tanto en las cosas temporales como en las espirituales,

Y buscar nuestra satisfacción solamente en el cumplimiento de su voluntad,

Ya sea que él nos conduzca a través del sufrimiento o lo haga a través de la consolación.

Todo debería ser igual para un alma verdaderamente entregada a él.

Decía que necesitamos fidelidad en la oración,

En momentos de sequedad espiritual,

De insensibilidad y de tedio.

Cosas estas por medio de las cuales Dios prueba nuestro amor a él.

Esos momentos son propicios para que hagamos buenos y eficaces actos de entrega,

Actos que uno debería repetir frecuentemente para facilitar el progreso espiritual.

Decía que aunque diariamente oía acerca de las miserias y los pecados que hay en el mundo,

Él estaba muy lejos de sorprenderse con ellos,

Que por el contrario,

Estaba sorprendido de que no hubiera más maldad,

Considerando las iniquidades de que eran capaces los pecadores.

Él,

Por su parte,

Oraba por ellos,

Pero sabiendo que Dios podía remediar el daño que ellos hacían cuando él orara,

Él no se dejaba vencer por preocupaciones como estas.

El hermano Lorenzo decía que para llegar a la entrega que Dios requiere de nosotros,

Debemos vigilar atentamente todas las pasiones que se mezclan tanto con las cosas espirituales como con aquellas que son de una naturaleza más burda.

Si verdaderamente deseamos servir a Dios,

Él nos dará luz con respecto a esas pasiones.

Al final de esta primera conversación,

El hermano Lorenzo me dijo que si el propósito de mi visita era discutir sinceramente sobre cómo servir a Dios,

Podría ir a verle tantas veces como quisiera,

Sin temor de ser molesto.

Pero si no era así,

Entonces no debía visitarlo más.

Segunda conversación.

El hermano Lorenzo me dijo que él siempre había sido gobernado por el amor,

Sin actitudes egoístas,

Y desde que resolvió hacer del amor de Dios el fin de todas sus acciones,

Había encontrado razones para estar muy satisfecho con su método.

También estaba contento cuando podía levantar una pajita del suelo por amor a Dios,

Buscándole sólo a él y nada más que a él,

Ni siquiera buscando sus favores.

Durante mucho tiempo había estado afligido mentalmente por creer que sería condenado.

Ni todos los hombres del mundo podrían haberlo persuadido de lo contrario.

Finalmente,

Razonó consigo mismo de esta manera.

Yo no me involucré en la vida religiosa excepto por amor a Dios,

Y me he esforzado para hacer sólo para él todo lo que hago.

Sea lo que sea de mí,

Esté perdido o salvado,

Siempre seguiré obrando puramente por amor a Dios.

Por lo menos tendré este bien,

Que hasta la muerte habré hecho todo lo posible por amarlo.

Durante cuatro años había estado en esa angustia mental y durante ese tiempo había sufrido mucho.

Sin embargo,

Desde aquel tiempo había vivido una libertad perfecta y una continua alegría.

Puso todos sus pecados delante de Dios,

Tal como eran,

Para decirle que no merecía sus favores,

Pero que sabía que Dios continuaría otorgándole sus favores abundantemente.

El hermano Lorenzo dijo que a fin de formar el hábito de conversar con Dios continuamente y de mencionarle todo lo que hacemos,

Al principio debemos dedicarnos a Él con cierto esfuerzo,

Pero que después de ocuparnos un poco de eso,

Deberíamos encontrar que su amor nos mueve a hacerlo internamente sin ninguna dificultad.

Él esperaba que,

Después de los días agradables que Dios le había concedido,

Tendría un tiempo de dolor y de sufrimiento.

Aunque él no estaba inquieto por eso,

Sabía muy bien que no podía hacer nada por sí mismo.

Dios no fallaría en darle la fuerza para soportarlos.

Cuando se le presentaba la ocasión de practicar alguna obra bondadosa,

Se dirigía a Dios diciendo,

Señor,

No puedo hacer esto a menos que me capacites.

Y entonces recibía fuerzas más que suficientes.

Cuando había fallado en su deber,

Solamente confesaba su falta diciéndole a Dios,

Jamás podría obrar de otra manera si me dejaras librado a mis propias fuerzas.

Eres tú quien debe impedir mi caída y arreglar lo que está mal.

Después de la confesión,

Ya no sentía ninguna inquietud acerca de lo que había hecho.

El hermano Lorenzo decía que,

Con respecto a Dios,

Debemos obrar con la más grande de las simplicidades,

Hablando con él franca y claramente e implorando su ayuda en todos nuestros asuntos.

Dios nunca había fallado en concederle su ayuda y el hermano Lorenzo lo había experimentado frecuentemente.

Él me contó que recientemente había sido enviado a Burgundia para comprar la provisión de vino para la sociedad.

Esta tarea le resultaba muy poco grata porque no tenía ninguna inclinación para los negocios.

Además,

Era cojo y no podía ocuparse de su trabajo en el barco sino rodando sobre los toneles.

Sin embargo,

Se entregó a esta tarea y a la compra del vino sin ningún descontento.

Le dijo a Dios que se ocupó de este negocio y que lo hizo muy bien.

Mencionó que el año anterior había sido enviado a Burgundia con la misma comisión y,

Aunque no podía decir cómo,

Todo había resultado muy bien.

De la misma manera,

Cumplía con su labor en la cocina,

A la cual por naturaleza tenía una gran aversión.

Allí se había acostumbrado a hacer todo por amor a Dios.

Durante los 15 años que había trabajado en la cocina,

Todo le había resultado muy fácil porque lo hacía con oración y movido por la gracia de Dios.

Estaba muy feliz con el puesto que ocupaba ahora,

Pero decía que estaba listo para volver a lo anterior,

Debido a que siempre estaba agradando a Dios en cualquier condición,

Haciendo las cosas pequeñas por amor a Él.

Para el hermano Lorenzo,

Los momentos de oración no eran diferentes de lo que habían sido en otros tiempos.

Se retiraba a orar,

De acuerdo con las directivas de su superior,

Pero no quería esa clase de retiros ni lo solicitaba,

Debido a que ni el trabajo más grande lo distraía de la presencia de Dios.

Debido a que él conocía su obligación de amar a Dios en todas las cosas,

Como él sabía que se había esforzado por hacerlo así,

No necesitaba que un director espiritual le diera una orden.

Más bien,

Lo que él necesitaba era un confesor que lo absolviera.

Dijo que era muy sensible a sus faltas,

Pero que estas faltas no lo desanimaban.

Las confesaba a Dios sin dar ninguna excusa.

Cuando lo hacía,

Con toda paz,

Resumía su práctica usual de amor y adoración.

El hermano Lorenzo no consultaba a nadie con sus inquietudes mentales.

Por la luz que le daba la fe,

Él sabía que Dios estaba presente,

Entonces lidiaba consigo mismo,

Tratando de dirigir todas sus acciones a él.

Todo lo hacía movido por el deseo de agradar a Dios,

Aceptando los resultados que se produjeran.

Dijo que los pensamientos inútiles arruinan todo,

Que los dolores empiezan allí.

Tan pronto como percibimos su impertinencia,

Debemos rechazarlos y retornar a nuestra comunión con Dios.

En el principio,

Frecuentemente,

Había pasado su tiempo de oración rechazando pensamientos erráticos y volviendo a caer en ellos.

Nunca había regulado su devoción por ciertos métodos como lo hacen algunos.

Sin embargo,

Al principio había practicado la meditación por algún tiempo,

Pero después la había dejado de lado de una manera casi inexplicable.

El hermano Lorenzo enfatizaba que todas las mortificaciones corporales y otros ejercicios eran inútiles,

A menos que sirvieran para unirse con Dios por medio del amor.

Había considerado bien esto.

Encontró que el camino más corto para ir directamente a Dios era ejercitando el amor continuamente por medio de un continuo ejercicio del amor y haciendo todas las cosas por amor a Él.

Notó que había una gran diferencia entre los actos del intelecto y los actos de la voluntad.

Los actos del intelecto eran comparativamente de poco valor.

Los actos de la voluntad eran todos importantes.

Nuestro único deber es amar a Dios y deleitarnos en Él.

Ningún tipo de mortificación,

Si invalida el amor de Dios,

Puede borrar un solo pecado.

En lugar de esto,

Y sin ansiedad alguna,

Debemos esperar el perdón de nuestros pecados que proviene de la sangre de Jesucristo,

Solamente esforzándonos por amarle con todo nuestro corazón.

Y él notó que Dios parecía haber garantizado los mayores favores a los pecadores más grandes,

Como si fueran monumentos conmemorativos de su misericordia.

El hermano Lorenzo dijo que los mayores dolores o placeres de este mundo no podían compararse con los que él había experimentado en su estado espiritual.

Como resultado de todo eso,

Solamente deseaba una cosa,

No ofender a Dios.

Dijo que no cargaba con ninguna culpa.

Cuando fallo en mis deberes,

Rápidamente lo reconozco,

Diciendo,

Estoy acostumbrado a orar así.

Nunca podré cambiar por mí mismo.

Y si no fallo,

Entonces doy gracias a Dios,

Reconociendo que esto viene de él.

Tercera conversación.

El hermano Lorenzo me dijo que el fundamento de su vida espiritual había sido la adquisición por fe de un elevado concepto y valoración de Dios.

Y una vez que lo hubo adquirido,

Ya no tuvo ningún otro cuidado sino el de rechazar fielmente todo otro pensamiento.

Para poder así hacer todo por amor a Dios.

Que cuando no tenía ningún pensamiento acerca de Dios por un cierto tiempo,

No se inquietaba.

Porque después de haber reconocido delante de Dios este lamentable hecho,

Volvía a él con una confianza mucho mayor.

Dijo que la confianza que ponemos en Dios honra al Señor enormemente y hace descender sobre nosotros grandes gracias.

Que era imposible no solamente engañar a Dios,

Sino que también era imposible que un alma sufriera por largo tiempo.

Si es que estaba perfectamente rendida a él y resuelta a soportar cualquier cosa por amor a él.

De esta manera,

El hermano Lorenzo había experimentado frecuentemente el pronto socorro de la gracia divina.

Y debido a su experiencia con la gracia de Dios cuando tenía un trabajo para hacer,

No pensaba en él de antemano,

Sino recién cuando llegaba el momento de hacerlo.

Y encontraba como reflejado en Dios,

Como en un espejo claro,

Todo lo que era adecuado hacer.

Cuando los trabajos externos le distraían un poco de sus pensamientos puestos en Dios,

Un recuerdo fresco proveniente de Dios mismo le llenaba el alma.

Y así era tan inflamado y transportado que le resultaba difícil contenerse.

Dijo que estaba más unido a Dios en sus trabajos externos que cuando los dejaba a un lado para retirarse a sus devociones.

Sabía que en el futuro tendrían un gran dolor corporal o mental y que lo peor que podría sucederle era perder aquel sentido de Dios que había disfrutado durante tanto tiempo.

Pero que la bondad de Dios le aseguraba que no le abandonaría totalmente y que le daría fuerza para soportar cualquier mal que le sucediera con el permiso de Dios.

Por lo tanto,

No tenía ningún temor,

No había tenido la ocasión de consultar con nadie acerca de su estado.

Que cuando intentó hacerlo siempre había salido más perplejo y que como estaba consciente de su disposición para su vida a Dios por amor a él,

No tenía ningún miedo del peligro.

Que la entrega perfecta a Dios era un camino seguro al cielo,

Un camino en el cual tenemos siempre suficiente luz para saber cómo conducirnos.

Que lo principal de la vida espiritual es ser fieles al cumplimiento de nuestros deberes y negarnos a nosotros mismos y que cuando lo hacemos disfrutamos de placeres inefables.

Que en las dificultades solamente necesitamos recurrir a Jesucristo y suplicar por su gracia,

Con la cual todo llega a ser fácil.

Que muchos no crecen como cristianos porque se aferran a penitencias y ejercicios particulares,

Pero descuidan el amor a Dios,

Que es la meta de todo.

Que esto se manifiesta claramente por sus obras y es la razón por la que se ven tan pocas virtudes sólidas.

Que no necesitaba ni arte ni ciencia para ir a Dios,

Sino solamente un corazón determinado resueltamente a no dedicarse a otra cosa fuera de Dios,

Del amor a Dios y de amarle solamente a él.

Cuarta conversación.

El hermano Lorenzo conversó conmigo muy frecuentemente y con gran apertura de corazón con respecto a la manera de ir a Dios,

De lo cual ya hemos mencionado algo.

Me decía que todo consiste en una renuncia de corazón a todas las cosas que nos impiden llegar a Dios.

Podemos acostumbrarnos a conversar continuamente con él,

Con libertad y simplicidad.

Para dirigirnos a él en cada momento,

Solo necesitamos reconocer íntimamente que Dios está presente con nosotros y que podemos pedir su ayuda para conocer su voluntad en cosas dudosas y para hacer correctamente aquellas que tenemos claramente que él requiere de nosotros.

En nuestra conversación con Dios,

También deberíamos alabarle,

Adorarle y amarle por su infinita bondad y perfección,

Sin desanimarnos por la suma de nuestros pecados.

Deberíamos orar pidiendo su gracia con una confianza perfecta,

Confiando en los méritos infinitos de nuestro Señor,

Porque Dios nunca deja de ofrecernos su gracia continuamente.

El hermano Lorenzo percibió esto con gran claridad.

Dios nunca dejó de ofrecerle su gracia,

Excepto cuando los pensamientos del hermano comenzaban a vagar y perdían su sentido de la presencia de Dios,

O cuando se olvidaba de pedirle su ayuda.

Cuando no tenemos otro propósito en la vida,

Excepto el de agradarle,

Dios siempre nos da luz en nuestras dudas.

Nuestra santificación no depende de un cambio de actividades,

Sino de hacer para la gloria de Dios todo aquello que comúnmente hacemos para nosotros mismos.

Pensaba que era lamentable ver como mucha gente confundía los medios con el fin,

Dedicándose a hacer ciertas cosas que hacían muy imperfectamente debido a sus consideraciones humanas o egoístas.

El método más excelente que él había encontrado para ir a Dios era el de hacer las cosas más comunes,

Sin tratar de agradar a los hombres,

Sino puramente por amor a Dios.

El hermano Lorenzo sentía que era un gran engaño pensar que los momentos dedicados a la oración eran diferentes de otros momentos del día.

Estamos estrictamente obligados a unirnos a Dios por medio de la acción,

En el tiempo de la acción,

Y por medio de la oración,

En el tiempo de la oración.

Su propia oración no era nada más que un sentido de la presencia de Dios,

Cuando su alma no era sensible a nada excepto el amor divino.

Y cuando terminaba los momentos dedicados a la oración,

No encontraba ninguna diferencia porque seguía estando con Dios,

Alabándole y bendiciéndole con toda su capacidad.

Así pasaba su vida en un gozo continuo,

Aunque esperaba que Dios permitiera que le sobrevinieran algunos sufrimientos cuando estuviera más fortalecido.

El hermano Lorenzo decía que,

De una vez por todas,

Debíamos poner toda nuestra confianza en Dios y rendirnos por completo a Él,

Seguros de que no nos defraudará.

No debemos cansarnos de hacer las cosas pequeñas por amor a Dios,

Porque Él no toma en cuenta lo grande de la obra,

Sino el amor con la que lo hacemos.

Que no deberíamos sorprendernos si,

En el principio,

Fallamos frecuentemente en nuestros intentos,

Pero que al final adquiriremos un hábito que naturalmente nos hará actuar sin que nos ocupemos de ello y para nuestro mayor deleite.

El todo de la religión era la fe,

La esperanza y la caridad,

Y si las practicamos,

Llegamos a estar unidos a la voluntad de Dios.

Todo lo demás es de menor importancia y debe usarse como un medio para llegar a nuestro fin,

Y entonces todo lo demás debe ser absorbido por la fe y el amor.

Y todas las cosas son posibles para el que cree,

Son menos difíciles para el que espera y son más fáciles para el que ama,

Y aún más fáciles para el que persevera en la práctica de estas tres virtudes.

El fin que debemos llegar a perseguir es llegar a ser en vida los adoradores de Dios más perfectos que podamos ser,

Los adoradores que esperamos ser durante toda la eternidad.

Decía que cuando alcanzamos este nivel espiritual,

Deberíamos considerar y examinar a fondo lo que somos,

Y entonces nos encontraríamos dignos de todo desprecio e inmerecedores del nombre de cristianos,

Sujetos a toda clase de miserias e innumerables accidentes que nos preocupan y causan vicisitudes perpetuas en nuestra salud,

En nuestros humores,

En nuestras disposiciones internas y externas.

Ay,

Somos personas a las que Dios podría humillar mediante muchos dolores y trabajos interiores y exteriores.

Después de esto,

No deberíamos sorprendernos de que los hombres nos tienten,

Se opongan a nosotros y nos contradigan.

Por el contrario,

Debemos someternos a estas pruebas y soportarlas tanto como Dios quiera,

Porque son cosas altamente ventajosas para nosotros.

La mayor perfección a la que puede aspirar un alma es a la dependencia total de la gracia divina.

Siendo cuestionado por uno de su propia sociedad,

A quien estaba obligado a abrirse en cuanto a los medios por los cuales había obtenido ese sentido de la presencia de Dios,

Le dijo que desde que había venido al monasterio,

Había considerado a Dios como el fin de todos sus pensamientos y deseos,

Como la meta a la cual todos deberían aspirar y en la cual todos deberían terminar.

Notó que al principio de su noviciado,

Pasaba las horas señaladas para la oración privada pensando en Dios,

Tratando de convencer a su mente y de impresionar profundamente a su corazón de la existencia divina.

Y lo hacía,

Más bien por sentimientos devotos y por sumisión a la luz que le daba la fe,

Que por estudiados racionamientos y elaborada meditación.

Mediante este simple y seguro método,

Se ejercitó en el conocimiento y el amor de Dios,

Resolviendo usar sus mayores esfuerzos para vivir en un sentido continuo de su presencia y,

En lo posible,

No olvidar jamás a Dios.

Así que,

Después de llenar su mente con ese sentir de aquel ser infinito,

Iba a trabajar a la cocina,

Porque era el cocinero de la sociedad.

Allí,

Primero consideraba cada una de las cosas que le requería su oficio,

Y cuándo y cómo debía ser hecha cada una.

Y antes de trabajar le decía a Dios con la confianza que un hijo tiene a su padre.

Oh,

Dios mío,

Puesto que tú estás conmigo y porque ahora debo,

En obediencia a tus mandamientos,

Aplicar mi mente a estas cosas externas,

Te suplico que me concedas la gracia para continuar en tu presencia.

Y prósperame para este fin con tu asistencia.

Acepta todas mis obras y posee todos mis afectos.

Mientras trabajaba,

Continuaba con su conversación familiar con Dios,

Implorando su gracia y ofreciéndole a él todos sus actos.

Cuando había terminado,

Se examinaba a sí mismo para ver cómo había cumplido con su deber.

Si veía que lo había hecho bien,

Volvía a darle gracias a Dios.

Si no lo había hecho bien,

Le pedía perdón.

Y sin desanimarse,

De nuevo ponía su mente en orden.

Entonces continuaba su ejercicio de la presencia de Dios,

Como si nunca se hubiera desviado de ello.

De esta manera,

Decía él,

Me levantaba después de mis faltas y mediante renovados y frecuentes actos de fe y amor,

He llegado a un estado dentro del cual me resulta difícil no pensar en Dios,

A lo que al principio me resultaba difícil acostumbrarme.

Debido a que el hermano Lorenzo había encontrado una ventaja tal en caminar en la presencia de Dios,

Era natural que lo recomendara fervientemente a otros.

Pero lo que es más sorprendente,

Su ejemplo era un incentivo más fuerte que cualquier argumento que pudiera proponer.

Su mismo semblante se veía con tal devoción,

Dulce y calma,

Que no podía sino afectar a los que lo contemplaban.

Y no se podía dejar de ver que en los momentos de mayor apuro en el trabajo de la cocina,

Él seguía manteniendo sus ideas e inclinaciones celestiales.

Nunca estaba apurado ni ocioso,

Sino hacía cada cosa a su tiempo,

Con una compostura y tranquilidad de espíritu que no se interrumpía nunca.

Decía,

Para mí el tiempo de trabajo no difiere del tiempo de oración,

Y en medio del ruido y el alboroto de mi cocina,

Con varias personas pidiéndome al mismo tiempo cosas diferentes,

Tengo una gran tranquilidad en Dios,

Como si estuviera sobre mis rodillas en la Santa Cena.

© 2026 Santiago Viñez Muñoz. All rights reserved. All copyright in this work remains with the original creator. No part of this material may be reproduced, distributed, or transmitted in any form or by any means, without the prior written permission of the copyright owner.

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