
Meditacuento: la fuerza escondida
Hola a todos, bienvenidos a un nuevo capítulo de los meditacuentos. El día de hoy te traigo una historia sobre una zarigüeya muy curiosa que descubre una fuerza interior llamada resiliencia. Acompañanos en esta aventura para aprender y meditar. Espero que te guste tanto como a mi.
Transcripción
Hola a todos y bienvenidos a un nuevo capítulo de Los Medita Cuentos,
Donde un cuento y una meditación arrullan tu imaginación.
Pónganse cómodos y cómodas que vamos a comenzar.
Ubícate en una postura cómoda en la que puedas tener la espalda derecho,
Que los hombros se alejen de las orejas.
Puedes dejar los brazos sobre tus piernas o a los lados y cerrar suavemente los ojos.
Vamos a tomarnos un momento para permitir que todo nuestro cuerpo se relaje,
Desde los dedos de los pies hasta la cabeza,
Y vamos a ayudar a esa relajación con nuestra respiración.
Comienza a sentir cómo entra el aire por tu nariz y cómo sale también por la nariz.
Cuando inhalas entra un aire fresco,
Cuando exhalas sale un aire un poquito más caliente.
Inhala imaginando que entra en tu cuerpo calma y tranquilidad,
Exhala liberándote de cualquier tensión,
Angustia,
Preocupación.
Inhala,
Imagina ese aire suave que va a acariciar todo tu cuerpo,
Exhala y saca todo el aire.
Continúa respirando a tu propio ritmo,
Sin prisa,
Y ve sintiendo cómo la respiración va relajando tu cuerpo desde los pies,
Las piernas,
La cadera y el vientre,
La espalda y la columna vertebral en todo su largo,
El pecho,
El abdomen,
Los hombros,
Los brazos,
Las manos y cada uno de los dedos de las manos,
El rostro y la cabeza.
Sigue respirando suavemente y siente que tu cuerpo se derrite en el espacio en el que estás,
No necesitas hacer ningún esfuerzo,
Tu cuerpo está siendo sostenido,
Puedes estar en completa calma y relajación,
Estás en un lugar seguro,
Segura,
A salvo y puedes permitirte conectar con tu cuerpo,
Con los sonidos y con tu respiración.
Mantén esa sensación de calma y tranquilidad,
Activa los oídos y deja que vuele tu imaginación.
Este meditacuento se llama Una Fuerza Escondida.
Era hace una vez un bosque húmedo y verde,
En él vivía un pequeño tlacuache llamado Tino,
Sus orejas rosadas se movían con cada sonido y su larga cola parecía un lápiz que dibujaba círculos en el aire cuando estaba nervioso.
Tino había tenido siempre una vida muy tranquila,
Encontraba frutas maduras en el suelo,
Su madriguera estaba segura entre las raíces de un viejo guayabo y su mamá cuidaba de él y de todo a su alrededor con mucha paciencia.
Desde lo alto de las ramas,
Tino observaba siempre como otros animales no tenían una vida tan parecida a la de él y algunos tenían que atravesar dificultades.
El armadillo un día perdió su guardia en una tormenta,
Pero entonces Tino logró ver cómo cavó con fuerza con sus patas y se protegió.
Otro día una ardilla se cayó de un árbol,
Pero la ardilla aprendió a trepar con más cuidado aunque estuvo unos días en reposo.
Resulta que el venado había perdido un cuerno en una pelea,
Pero seguía corriendo con orgullo y no le importaba tener solo un cuerno.
Cada que Tino observaba esas cosas siempre pensaba,
Ay no,
Si a mí me pasara,
Yo me muero,
No sería capaz de hacer nada y se encogía y pensaba en desaparecer.
Porque los tlacohaches tienen un truco muy curioso,
Cuando sienten miedo se hacen los muertos,
Se quedan quietecitos con los ojos cerrados y el cuerpo flojo,
Hasta que el peligro pasa.
Y Tino pues estaba convencido de que si alguna vez llegó a enfrentar un verdadero problema,
Lo único que él iba a hacer era rendirse.
Pero la vida,
La vida le tenía algo preparado a Tino.
En este caso la vida se comportó como un río que se abre entre las piedras y empezó a ponerle pruebas a Tino.
Un día mientras su mamá recogía unos frutos en lo alto de un árbol de guanábana,
Una de las ramas se quebró y la mamá tlacohache cayó al suelo en un golpe seco.
Tino corrió asustado,
Mamá,
Mamá,
Desesperado chillaba con su vocecita temblorosa.
La mamá abrió los ojos pero no podía levantarse.
Tranquilo Tino,
Estaré bien.
Pero la mamá necesitaba reposo,
No podía moverse en muchos días para poder recuperar su cuerpecito.
El corazón de Tino,
Nuestro pequeño tlacohache,
Latía muy fuerte.
Era el momento más difícil de su vida y no sabía qué hacer.
Por un momento y por su instinto quiso hacerlo de siempre,
Tirarse al suelo,
Hacerse el muerto y esperar que todo se arreglara solo.
Pero esta vez no podía.
Esta vez si él se rendía,
Su mamá se quedaría sin ayuda y no se iba a poder recuperar.
Entonces respiró hondo.
Observó todo lo que había a su alrededor y notó que los árboles,
Las luciérnagas,
Todo seguía allí como siempre,
Que la noche empezaba a aparecer y había luz de las estrellas y de la luna,
Y que las ranas cantaban e incluso parecía que su canto le dijera,
Tú puedes,
Tú puedes,
Tú puedes.
Tino descubrió que sus patas,
Aunque pequeñas,
Podían entrar en el agua en hojas dobladas,
Que su cola servía para arrastrar ramitas y podía hacer un nido más cómodo para su mamá.
Descubrió que podía trepar,
Aunque le diera miedo,
Y así podía recoger frutos porque él antes solo esperaba que mamá los bajara.
Día tras día a Tino le tocó aprender a cuidar de sí y de su mamá,
A organizarse,
A confiar en el bosque.
El bosque también lo estaba acompañando.
Las ardillas,
El colibrí,
Todos los animales empezaron a ayudarle.
Alguien le enseñó dónde encontrar nueces,
Otro le enseñó que las flores dulces tenían néctar,
Y también un armadillo le prestó su manta de hojas secas para abrigar a mamá por la noche.
Tino,
Aquel tlacuache que siempre pensaba que si le pasaba algo malo se moría,
Descubrió algo asombroso.
Dentro de él había una fuerza que nunca había imaginado.
Pasaron las semanas y poco a poco su mamá se recuperó y volvió a caminar.
Y una tarde,
Mientras descansaban juntos en su guayabo,
Ella lo miró con ternura.
¿Ves,
Hijo?
La vida a veces nos sacude,
Como el viento sacude las ramas,
Pero también nos enseña que tenemos raíces profundas,
Aunque no la veamos.
Tino sonrió y algo empezó a brillar en su pecho.
Era la resiliencia y la confianza.
Entendió que el riesgo de hacerse muerto era más bien al revés.
No se trataba de quedarse quieto,
Sino descubrir lo vivo,
Lo fuerte y lo valiente que había dentro de él.
Desde ese día,
Cuando veía a otros animales superar dificultades,
Ya no decía,
Si me pasa eso me muero.
Ya decía,
Si me pasa,
Aprenderé,
Y si me pasa,
Voy a crecer.
Y el bosque entero parecía responder con un murmullo suave de hojas a lo que decía el tlacuache.
La vida siempre florece a quienes se atreven a seguir caminando.
Y hasta aquí el meditacuento de hoy.
Espero que te haya gustado tanto como a mí y que recuerdes en qué momento tú también has tenido que sacar esa fuerza interna que nos ayuda a anteponernos a las dificultades,
A enfrentarnos a los problemas y crecer,
Crecer desde esas experiencias.
Y si es que no te ha tocado una situación difícil,
Ya lo sabes,
Puedes confiar en que estás preparado para afrontar todo lo que venga.
Mientras tanto,
Yo te deseo dulces sueños y que descanses profundamente soñando con ese tlacuache feliz.
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4.9 (15)
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